108 P.R. Dec. 196 | Supreme Court of Puerto Rico | 1978
SENTENCIA
Se confirma la resolución recurrida por estar el Tribunal igualmente dividido. .El Juez Presidente, Señor Trías Monge, emitió una opinión, a la cual se unieron los Jueces Asociados Señores Dávila, Torres Rigual e Irizarry Yunqué. El Juez Asociado, Señor Díaz Cruz, emitió opinión separada, a la cual se unieron los Jueces Asociados Señores Rigau, Martín y Ne-grón García.
Lo acordó y manda el Tribunal y certifica el señor Secre-tario.
(Fdo.) Ernesto L. Chiesa
Secretario General
—O—
Opinión emitida por el
a la cual se unen los Jueces Asociados Señores Dávila, Torres Rigual e Irizarry Yunqué.
San Juan, Puerto Rico, a 27 de diciembre de 1978
La cuestión a determinar en este caso es si la norma en Pueblo v. Meléndez Cartagena, 106 D.P.R. 338 (1977), debe
El recurrido en el caso de autos, J. L. Delgado Rodríguez, invoca los beneficios del referido fallo. En 1971 se acusó al recurrido de infringir el Art. 29(2) de la Ley de Narcóticos de Puerto Rico, Ley Núm. 48 de 18 de junio de 1959, 24 L.P.R.A. sec. 974z (2). Se le imputó haber poseído, ocultado, transportado y transferido heroína. Fue declarado culpable y sentenciado a cumplir de ocho a doce años de reclusión por cada cargo. El tribunal dispuso que las sentencias por los delitos de transportación, ocultación y traspaso se cumpliesen consecutivamente, mas concurrentemente con la condena por posesión de la droga. Este Tribunal confirmó el fallo el 4 de abril de 1972.
En octubre de 1977 el recurrido radicó ante el Tribunal Superior una Moción de Anulación de Sentencia fundada en la norma de Meléndez Cartagena. El tribunal de instancia la declaró con lugar y anuló las condenas por los delitos de pose-sión y transportación, manteniendo en vigor la sentencia en el caso de traspasar y recibir heroína. El Procurador General ha comparecido ante nos para solicitar que no se aplique re-troactivamente la regla de Meléndez Cartagena.
El debido análisis de la cuestión planteada exige que'exa-minemos la fuente y razón de la doctrina de la irretroactivi-dad o aplicación prospectiva de los fallos, los criterios elabo-rados para regir su uso, las críticas formuladas a estos cri-terios y el impacto sobre el caso presente de las conclusiones derivables de todo lo anterior.
1. Trasfondo de la doctrina de la irretroactividad.
La doctrina de la irretroactividad de algunos fallos judi-ciales es de cuño relativamente reciente. Se le desconocía en
La técnica de la aplicación prospectiva de los fallos se de-sarrolla principalmente en Estados Unidos. No deriva de es-tatuto alguno o disposición expresa de la Constitución. Fue una invención judicial.
La doctrina de la irretroaetividad, tanto en la versión original expuesta en Linkletter como en sus giros posteriores, ha sido objeto de intenso debate. Mishkin, The Supreme Court 1964 Term, Foreword: The High Court, The Great Writ and the Due Process of Time and Law, 79 Harv. L. Rev. 56 (1965); Schwartz, Retroactivity, Reliability and Due Process : A Reply to Professor Mishkin, 33 U. of Chi. L. Rev. 719 (1966); Haddad, Retroactivity Should be Rethought: A Call for the End of the Linkletter Doctrine, 60 J. Crim. L.C. & P.S. 417 (1969); Mahmud, Prospective Limitation and the Rights of the Accused, 56 Iowa L. Rev. 321 (1970); Rossum, Neto Rights and Old Wrongs: the Supreme Court and the Problems of Retroactivity, 23 Emory L.J. 381 (1974); Beytagh, Ten Years of Non-Retroactivity: A Critique and a Proposal, 61 Va. L. Rev. 1557 (1975). La crítica ha sido general-mente desfavorable al modo en que el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha aplicado la nueva teoría. Algunos autores aun han argumentado que la irretroaetividad debe abolirse. Hasler, Retroactivity Rethought: The Hidden Costs, 24 Maine L. Rev. 1, 34 (1972). La generalidad considera que la doc-trina de la irretroaetividad puede servir propósitos útiles en varias situaciones específicas, pero que deben reexaminarse los criterios tradicionalmente empleados para regir su uso. El propio Tribunal Supremo de Estados Unidos ha comen-zado a cuestionar la aplicabilidad de los viejos criterios en determinadas instancias. Robinson v. Neil, 409 U.S. 505 (1973).
Antes de Linkletter la posición tradicional era que los fallos judiciales difieren de los estatutos precisamente en que los segundos tienen efecto prospectivo y los primeros no. La aplicación retroactiva de las sentencias se explicaba lamen-tablemente, sin embargo, en términos de la vetusta teoría de que lo único que los jueces hacen o deben hacer es descubrir la
Para completar el trasfondo de la teoría de la irretroacti-vidad debe recordarse igualmente que ella fue esencialmente un producto de la corte presidida por el Juez Warren. Fuera de sus méritos intrínsecos, la doctrina sirvió entonces fines eminentemente prácticos. Aquéllos eran tiempos de vastas re-formas, especialmente en el campo del enjuiciamiento criminal. La introducción del novel'recurso de imprimirle efecto prospectivo a algunas decisiones innovadoras necesariamente facilitó su adopción por el Tribunal y redujo su impacto sobre los sistemas estatales de impartir justicia. Al mismo tiempo, la utilización frecuente de la nueva técnica dramatizó inevita-blemente el rol “legislativo” de la Corte y envolvió a ésta en agrias disputas sobre su alegado activismo y la base filosófica de sus actuaciones. Levy, Realist Jurisprudence and Prospective Overruling, 109 U. of Pa. 1 (1960).
2. Los criterios tradicionales para el empleo de la doc-trina.
La formulación y desarrollo de los criterios tradicionales ocurren principalmente en Linkletter v. Walker, supra; Tehan v. United States ex rel. Shott, 382 U.S. 406 (1966); Johnson v. New Jersey, 384 U.S. 719 (1966); Stovall v. Denno, 388 U.S. 293 (1967); Desist v. United States, 394 U.S. 244 (1969); Holliday v. United States, 394 U.S. 831 (1969); United States v. U.S. Coin and Currency, 401 U.S. 715 (1971); Furman v. Georgia, 408 U.S. 238 (1972); Hankerson v. North Carolina, 432 U.S. 233 (1977) y Robinson v. Neil, supra. En estos casos y en los artículos de revista antes citados se mencionan otros de importancia. En Stovall se enu-meran los tres criterios básicos que comenzaron a plasmarse en Linkletter para determinar si una decisión debe tener únicamente efecto prospectivo.
Debe tomarse en consideración, expuso el Tribunal, el pro-pósito que persigue la norma recién establecida en el caso objeto de análisis. De imprimírsele efecto retroactivo a la norma, ¿se cumple mejor su propósito? El segundo criterio atañe al grado en que la confianza generada por la antigua regla requiere que sólo tenga efecto prospectivo la norma que la sustituya. El tercer criterio consiste en medir el impacto en la administración de la justicia de la aplicación retroactiva de la nueva norma.
El Tribunal Supremo de Estados Unidos ha establecido jerarquías entre estos criterios. En Desist, supra, 249, se resolvió que el primordial es el primero mencionado aquí. En Holliday se determinó que los criterios enumerados controlan la retroactividad o irretroactividad tanto de decisiones de asuntos constitucionales como de otra índole. En Williams v.
La aplicación y aun la propia creación de estos criterios no fue tarea generadora de gran armonía en el Tribunal Supremo de Estados Unidos. El Juez Harlan señaló en una oca-sión que el peregrinaje de Linkletter es casi tan difícil de seguir “como las huellas de un animal feroz en búsqueda de su víctima escogida.” Mackey v. United States, 401 U.S. 667, 676 (1971). Para el Juez Fortas, cuando se trata de aplicar un principio constitucional de orden sustantivo la retroactivi-dad debe negarse únicamente bajo las circunstancias más apremiantes. Desist, supra, 273.
3. La crítica a los criterios tradicionales.
En United States v. U.S. Coin and Currency, supra, 724, se perciben los primeros indicios de inconformidad de la Corte con su propia expresión de la nueva doctrina. El Tribunal ha-bía llegado a afirmar en Linkletter, 639, que tan solo las nor-mas procedimentales que afecten la integridad del proceso de determinar los hechos deben recibir efecto retroactivo. En U.S. Coin el Tribunal se apartó de esta pauta por estimar que “la conducta que [aquí] se penaliza es constitucionalmente inmune al castigo. Ninguna otra circunstancia requiere con más fuerza la invocación de la más completa retroactividad.” Asimismo en Furman v. Georgia, supra, se hizo caso omiso de la referida doctrina de Linkletter y se aplicó retroactivamente la norma allí envuelta, aun cuando la integridad del proceso de determinar los hechos no quedaba afectada. Por último, en Robinson v. Neil, supra, se resuelve que la fórmula de Linkletter y casos posteriores no es aplicable a todo tipo de caso. Linkletter y su progenie, se expresa, tratan de problemas re-lativos al uso de determinada prueba o a modos específicos de enjuiciar a un acusado. Su enfoque no es apropiado en con-troversias que envuelven algunas garantías no procesales.
Otras cortes federales y estatales han ido desarrollando el enfoque de Robinson. En Bailey v. Holley, 530 F.2d 169 (7th Cir. 1976), se reitera que debe ser retroactiva toda decisión en que la conducta penalizada es constitucionalmente inmune a castigo, añadiéndose que las mismas normas que gobiernan el efecto prospectivo o retroactivo de una decisión de orden constitucional rigen también los fallos interpretativos de un estatuto. En Adkins v. Leverette, 239 S.E.2d 496 (W. Va. 1977), se le impartió plena retroactividad a una decisión en que se resolvía que el tiempo transcurrido en libertad bajo palabra antes de la revocación de esta debe aplicarse a la sentencia a cumplirse. Resolvió el Tribunal que la confianza depo-sitada por el Estado en la norma contraria, establecida en de-cisiones anteriores, era irrelevante ya que la cláusula protec-tora de la doble exposición impide no sólo la celebración de un segundo juicio, sino la imposición de un segundo castigo.
Los comentaristas, según habíamos adelantado, han ido igualmente más lejos en la crítica del análisis de Linkletter y casos posteriores. Para Traynor, la técnica del efecto pros-pectivo debe utilizarse únicamente en aquellos casos contados en que los fines de la justicia y del respeto a la ley exijan con toda claridad su empleo. A su juicio, el problema básico es el logro de la justicia, la determinación en diferentes clases de casos de si ese propósito se cumple mejor a través de la re-troactividad o de la aplicación prospectiva. La confianza depo-sitada en la norma es generalmente irrelevante en casos de índole penal. Los otros dos criterios son también inadecuados. “Su insuficiencia,” explica el distinguido comentarista, “ra-dica principalmente en no medir el sufrimiento y la inequidad que padecen aquellos a quienes se les niega el beneficio de la nueva norma y quedan obligados a soportar el peso de lo que
Rossum considera que los criterios de Linkletter pueden ser de utilidad, pero no necesariamente en el contexto o hasta el grado en que tradicionalmente se emplean. Rossum no des-carta enteramente, por ejemplo, el factor de la confianza depo-sitada en la norma, pero favorece que se haga siempre la pre-gunta de cuál es el daño que fluiría de su rechazo en un caso específico. “Los jueces y los ejecutores de la ley,” señala el autor, “pueden sentirse frustrados o molestos, pero cierta-mente no perjudicados o castigados por la confianza indebida-mente depositada.” Rossum, New Rights and Old Wrongs: The Supreme Court and the Problem of Retroactivity, 23 Emory L.J. 381, 398-399 (1974). Rossum recalca la necesi-dad de tomar especialmente en cuenta, en adición a los cri-terios tradicionales sujetos a nuevo análisis, los criterios de la libertad, la igualdad y la imagen de la justicia. Ibid., 403. Veamos las conclusiones derivables de todo lo anterior y su impacto sobre el caso presente.
4. Conclusiones.
La técnica de la irretroactividad representa a nuestro en-tender un recurso de valor para el desarrollo prudente del derecho y la tarea de impartir justicia. Ha sufrido excesos. No es aplicable a todo género de controversia. Pueden refi-narse los criterios establecidos para su uso. Deben incluirse otros valores. No han recibido en ocasiones su debido peso los valores de la justicia y la igualdad ante la ley. A fin de cuen-
Las circunstancias del caso presente nos relevan de aden-trarnos más en el tema de la insuficiencia de los criterios de Linkletter. Al igual que en Robinson, no se trata aquí de una garantía que involucre el proceso de determinar los hechos.
Estamos ante una situación muy particular, radicalmente distinta a la de Linkletter. El resultado de Meléndez Carta-gena privó a los tribunales del país de autoridad para im-poner las sentencias impugnadas. ¿Cómo decretar entonces que se cumplan penas por algunos, pero por otros no, cuando su imposición está prohibida, necesariamente para todo tiem-po, por nuestro ordenamiento jurídico? La extensión de la doc-trina de la irretroactividad a este singular género de casos, al menos en ausencia de intereses apremiantes del Estado que así lo exijan, ofende el principio de igualdad ante la ley y, en palabras del Juez Fortas en Desist, disminuye la Constitu-ción.
El caso de autos es de índole tan particular, no obstante, que aun bajo los combatidos criterios de Linkletter, y su pro-genie se alcanza el mismo resultado. El criterio más impor-tante, como se ha indicado, es el propósito de la nueva norma y la manera de servirlo mejor. Cuando el objetivo, como ocu-rrió en el propio Linkletter, es establecer una regla enca-minada a disuadir a los agentes del orden público de emplear ciertas tácticas indeseables, la declaración de retroactividad de la norma no sirve tal fin. Basta en dicho caso con impar-tirle efecto prospectivo a la norma. El propósito de Meléndez Cartagena, parecido al de Robinson, es otro. En Meléndez Cartagena se declara que hay ausencia de poder para imponer más de una sentencia por los delitos que allí se imputaron. El mejor método de servir este objetivo es reconociendo que
Los otros dos criterios carecen del rango del anterior, pero aún así su análisis no revela en este caso la presencia de intereses superiores al de no penalizar conducta constitucio-nalmente inmune a castigo. No es este un caso en que los fun-cionarios a cargo de ejecutar la ley son los que principalmente depositan confianza en la norma. La confianza se depositó aquí por la judicatura y es la judicatura quien ha retirado esa confianza. Meléndez Cartagena no afecta en lo más mí-nimo la investigación por la Policía o el curso de acción del Ministerio Público en estos casos. Puede continuarse acusando por las diferentes violaciones imputadas en Meléndez Carta-gena. Pueden obtenerse convicciones por los distintos cargos. Lo único que impide Meléndez Cartagena es la imposición de múltiples penas cuando las ofensas imputadas son el producto de un mismo acto o curso de acción. Debe advertirse también que el resultado de Meléndez Cartagena se previo por este Tribuna], en otro contexto, en González v. Tribunal Superior, 100 D.P.R. 136 (1971). El criterio de la confianza depositada en la norma no posee aquí la fortaleza para inclinar la balanza al lado contrario del favorecido tan pesadamente por el primer criterio.
Respecto al último factor, el impacto sobre la administra-ción de la justicia, las situaciones a que se refiere este criterio normalmente son aquellas en que, al igual que en LinJcletter, de reconocérsele efecto retroactivo a la norma se le estaría exigiendo al Estado la tarea prácticamente imposible de cele-brar nuevos juicios muchos años después de los hechos, con la consiguiente dificultad en obtener testigos y reconstruir la prueba. En la situación de autos no se le impone tal carga al sistema. Lo único que ocurre es que pueden anularse ciertas sentencias, aunque no la impuesta por el delito mayor. No hay
Confirmaría la resolución recurrida.
—O—
Opinión del
a la que se unen los Jueces Asociados Señores Rigau, Martín y Negrón García.
San Juan, Puerto Rico, a 27 de diciembre de 1978
El acusado debía extinguir una sentencia de 8 a 12 años de reclusión, de términos consecutivos en los cargos de trans-portación, ocultación y traspaso, pero concurrentes con la con-dena por posesión. Dicha sentencia fue confirmada en apela-ción por este Tribunal el 4 de abril de 1972. Ahora hemos de atender a una moción sobre nulidad de sentencia promovida por el convicto y en la que reclama para sí el beneficio de apli-cación retroactiva de la decisión en Pueblo v. Meléndez Cartagena, 106 D.P.R. 338 (1977), en la cual percibimos en el Art. 63 del Código Penal (33 L.P.R.A. see. 3321) un conte-nido dinámico que se activa al considerar la pluralidad de actos delictivos consumados “con tan estrecho ligamen causal
El vasto alcance que la opinión del Juez Presidente pro-pone para la nueva regla de retroactividad en el procedimiento criminal me obliga a disentir.
En Rivera Escuté v. Jefe Penitenciaría, 92 D.P.R. 765, 782 y ss. (1965), siguiendo la jurisprudencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos
Nuestra decisión en Pueblo v. Meléndez Cartagena, supra, proscribiendo las condenas separadas en los delitos de poseer, transportar y vender drogas y confirmando la pena por la modalidad más grave sin anular las convicciones, no establece norma que afecte la “integridad del proceso judicial” en los extremos que dejamos expuestos. Su aplicación a casos ya ter-minados es arbitraria intervención con el criterio del juez sen-tenciador que oyó la prueba y sólo impulsado por la intensidad del agravio a la sociedad se salió del automatismo de la sen-tencia concurrente y optó por la rara alternativa en nuestros jueces de unas penas consecutivas.
Si el recluso es acreedor a una sustancial reducción en su término de reclusión, tiene el remedio de libertad bajo palabra provisto por Ley Núm. 295 de 10 de abril de 1946 (34 L.P.R.A. see. 1025) que en su Art. 2 ordena que “una vez la persona haya cumplido el término mínimo fijado por el tribunal sentenciador para el delito cometido, quedará bajo la jurisdicción de la Junta de Libertad Bajo Palabra, la cual podrá concederle su libertad condicional cuando tenga la ra-zonable convicción de que en dicha persona se ha iniciado él cambio favorable que se desea . . . .” Oliveras Sepulveda v. Jefe Penitenciaría, 91 D.P.R. 604 (1964).
La imposición excepcional de penas consecutivas es vivo indicio de que si el juez sentenciador estuviese obligado en aquella época por Meléndez Cartagena, supra, no se hubiese limitado al mínimo de ocho años,
El impacto que sobre la administración de justicia pueda tener la aplicación retroactiva de una nueva regla es preocu-pación ineludible de este Tribunal. Hankerson, supra, a la pág. 242. Este Tribunal no puede excarcelar mediante la pro-puesta retroactividad un número indeterminado de convictos. Careciendo de una data clara en cuanto al impacto de esta decisión poniendo en la calle, no a inocentes sino a convictos, se está actuando a ciegas. Equivale a una fuga masiva auto-rizada si lo vemos en términos de la epidemia actual de fu-gas. Se está fomentando una operación indiscriminada de “vaciar cárceles”, creando un riesgo más de seguridad por-que no sabemos cuántos convictos endurecidos (los que reci-ben sentencias consecutivas), van a caer otra vez sobre la so-ciedad sin cumplir el castigo que le impuso el juez después de un proceso limpio, sin tan siquiera haber cualificado por su conducta, para una libertad bajo palabra.
Expediría el auto de certiorari y anularía la resolución recurrida.
Se desconoce también en derecho civil español, donde continúa el debate, aun luego de la aprobación del nuevo Título' Preliminar del Código Civil, sobre si la jurisprudencia constituye o no fuente del derecho. Comentarios a las Reformas del Código Civil, Ed. Tecnos, Madrid, 1977, vol. 1, pág. 132 y ss.
E1 Tribunal Supremo de los Estados Unidos creó distintos tipos de irretroactividad. Existen la irretroactividad pura, en que la nueva regla se aplica únicamente a los casos futuros y ni siquiera al caso en que se anuncia; aquella que le da efecto prospectivo a la norma a partir de la fecha de la sentencia, aplicándose la nueva regla al caso' en que se anuncia y a los que surjan a partir de tal fecha; aquella que aplica la nueva norma a todos los casos pendientes, y aquellas que fijan otra fecha, al arbitrio del Tribunal.
De este género de garantía es que hemos hablado hasta ahora en otros casos. Rivera Escuté v. Jefe Penitenciaría, supra; Pueblo v. Adorno Lorenzana, 93 D.P.R. 788 (1966); Pueblo v. Guadalupe Rosa, 94 D.P.R. 190 (1967); Pueblo v. Natal Rojas, 93 D.P.R. 844 (1967); Pueblo v. Vélez Santiago, 95 D.P.R. 619 (1967); Pueblo v. Delgado Martínez, 96 D.P.R. 720 (1968); Pueblo v. Cruz Jiménez, 99 D.P.R. 565 (1971); Pueblo v. Martínez Rivera, 99 D.P.R. 568 (1971); Pueblo v. Candelario Couvertier, 100 D.P.R. 159 (1971) y Pueblo v. Báez Cintrón, 102 D.P.R. 30 (1974). Es interesante señalar que en la opinión disidente de los Jueces Santana Becerra, Hernández Matos y Dávila en Pueblo v. Delgado Martínez, supra, se anticipan aspectos básicos de Robinson.
La Constitución federal, Enmienda Quinta, dispone al respecto: “. . . nadie podrá ser sometido por el mismo delito dos veces a un juicio que pueda ocasionarle la pérdida de la vida o la integridad corporal . . . .”
El Art. 44 del Código Penal de 1937, 33 L.P.R.A. see. 90, vigente al momento de los hechos de este caso, disponía: “Un acto u omisión penable
Linkletter v. Walker, 381 U.S. 618 (1965) ; Chicot County Drainage Dist. v. Baxter State Bank, 308 U.S. 371; también In re López, 42 Cal. Reptr. 188, 398 P.2d 280; United States v. U.S. Coin & Currency, 401 U.S. 715, 724 (1970).
La anterior Ley de Narcóticos bajo la cual se juzgó al acusado sancionaba la transferencia o recibo de heroína con reclusión de 5 a 20 años. (24 L.P.R.A. sec. 974dd.)